El colapso democrático está por llegar: ¿Cómo podemos evitarlo?

28
Apr

El colapso democrático está por llegar: ¿Cómo podemos evitarlo?

El gran debate nacional en Francia (2019), la legalización del aborto impulsada por la Asamblea ciudadana irlandesa (2019), la creación de una asamblea ciudadana permanente asociada al parlamento de la Comunidad belga de habla alemana: es indiscutible; el diálogo entre ciudadanos y políticos ha avanzado a pasos de gigantes. Pero cabe preguntarse si esto bastará para que nuestras democracias recuperen su legitimidad.

Hoy en día, la “participación ciudadana” es necesaria e ineludible. Sin embargo, parece que no todos entienden del mismo modo la urgencia de esta última ni todas las implicaciones que conlleva a la hora de remodelar nuestras democracias.

Colapso democrático, una realidad no tan improbable…

Según el politólogo de Harvard Yascha Mounk, nuestros indicadores de salud democrática se han ido derrumbando en los últimos años, dejando entrever el posible colapso de nuestras democracias. Su análisis parte de tres preguntas claves: ¿Qué papel desempeñan los ciudadanos con respecto al mantenimiento de la democracia en sus países? ¿Estarían dispuestos a acogerse a sistemas de gobierno antidemocráticos como por ejemplo, regímenes militares? ¿Están los partidos y movimientos “anti-sistemas” ganando terreno?

A día de hoy, dichos indicadores apuntan – en palabras de Mounk, una posible “des-consolidación” democrática en países que a priori, están “democráticamente sanos”, como son los casos de Suecia o Gran Bretaña. Y no es de extrañar ya que la salud democrática de nuestros países se fue degradando en los últimos 15 años, pudiendo llegar, en algunos casos, como lo ilustran Venezuela o más recientemente Hungría, al colapso repentino.

De hecho, según el último análisis de la encuesta de valores globales publicada por el Pew Research Center, el “desencanto democrático” fue ganando peso en todo el mundo. El interés por alternativas antidemocráticas (sean autocracias, tecnocracias con expertos, e incluso regímenes militares) ha ido en aumento. Sólo basta con leer el análisis eurobarómetro 2019 sobre España (que especifica que un 47% de los españoles desconfían del gobierno y de los partidos políticos! Y todo ello en beneficio a partidos con tendencias populistas e incluso ultraderechistas.

Pero, ¿cómo corregir esta percepción? El estudio subraya que ante su descontento, los ciudadanos perciben los sistemas de democracia directa como alternativas más adecuadas que los sistemas antidemocráticos. Así, parte de los electores materializan su ira y desconfianza en una voluntad de tomar las riendas políticas. La solicitud de un Referéndum de Iniciativa Ciudadana en Francia y el éxito de la plataforma open source Decidim de Barcelona en otros países europeos, son solo algunos ejemplos de esta tendencia. 

Por otra parte, el último estudio mundial sobre democracia realizado por el Economist Intelligence Unit confirma dicha tendencia destacando que la lenta erosión de la calidad democrática solo puede paliarse con una mayor participación ciudadana. Y así lo ilustra nuestro país vecino Francia. En efecto, democracia “imperfecta”, situada en el puesto 29 del ranking mundial, la degradación de su calificación solo ha podido frenarse gracias a la participación creciente de los ciudadanos en la política del país.

¿Pero como garantizar que la participación ciudadana sea un factor de reconstrucción democrática? 

Proceso, impacto, emociones: legitimidad tripartita

Para mejorar nuestras democracias y responder mejor al interés común, nuestros sistemas políticos  han de abrirse a contribuciones externas. Y todavía más cuando “demócratas illiberales” europeos como se auto-denomina Orban o élites chinas no dudan en presumir de los méritos de sus “modelos”.

Y sí bien la participación ciudadana resulta clave, esta ha de ser legitimada en base a tres aspectos: 

En primer lugar, la participación ciudadana ha de responder a un proceso democrático legítimo que garantice la participación activa de los ciudadanos en la toma de decisiones. Esta cuestión ha sido fruto de numerosos debates en el Gran Debate de Francia: quien ha de participar, qué métodos han de usarse, como han de tomarse las decisiones, qué medida de transparencia ha de implementarse, quien ha de elegir las preguntas por contestar, etc.

Todos somos conscientes de lo que podemos mejorar y todos vamos aprendiendo: la participación ciudadana requiere selecciones rigurosas marcadas por la diversidad y representatividad,  reglas de facilitación, equilibrio de posiciones, combinación de debates en persona y en línea, transparencia de las conclusiones, análisis del impacto institucional…

En segundo lugar, la legitimidad de la participación ciudadana se da por su impacto. Es importante tener en cuenta que los ciudadanos esperan que sus problemas se resuelvan y poder cumplir con sus aspiraciones. Por lo tanto, las decisiones tomadas, y especialmente aquellas tomadas de forma colectiva, han de tener un impacto visible y tangible. Todo ello requiere métodos específicos que fomenten la reflexión colectiva, faciliten la propuesta consensuada de soluciones y favorezcan acciones conjuntas.

Así, una democracia fundamentada en el principio de “inteligencia colectiva” no puede emerger por sí sola. Tenemos que dedicarle medios suficientes que permitan definir las agendas políticas conjuntamente, reflexionar juntos, garantizar una participación diversificada, experimentar y también evaluar las medidas tomadas. 

Por último, nos queda la legitimidad emocional, el aspecto más descuidado de la participación ciudadana. Imaginémonos un proceso por el que se trate de incluir a los ciudadanos y otros actores en las decisiones públicas. Basándonos en los criterios mencionados, todos aquellos que lo deseen tendrían que tener la oportunidad y el poder de expresarse. Y de aquí el dilema: si los ciudadanos no se sienten identificados, si no logran aportar respuestas a sus dificultades y/o aspiraciones profundas, si no se conmueven, no se entusiasman, si no se sienten escuchados, si no sueñan y no se sienten unidos, entonces será el gran triunfo de la desconfianza.

Hoy en día, solo tenemos que observar el panorama europeo para ver que los grupos populistas son los que más apelan a la inteligencia emocional. Abusan de su “franqueza”, critican y rechazan “al sistema” que no responden suficientemente bien a las expectativas del pueblo, emplean discursos que fomentan el miedo, las ansiedades, las frustraciones.  A través de la “dignificación de los excluidos”, y un cultivo inteligente del miedo y de la adversidad (véase el diputado Abascal quien al comentar el resultado de las elecciones declaró “no os voy a mentir, España está peor que ayer”), nos brindan retóricas que logran seducir a los desilusionados.

Pero la legitimidad emocional no puede basarse en catastrofismos sino en emociones positivas: lo que requiere son nuevos discursos que propagan pensamientos positivos, soluciones cooperativas y respondan a las aspiraciones profundas del pueblo. Si algunos grupos como Podemos en 2015, En Marche en 2016, o Obama en 2008 han logrado convencer a su electorado a través de un populismo “constructivo” entonces, quizás haya que plantearse esto como algo más que un simple truco de propaganda política.

Démonos los medios a una mayor fraternidad fomentando la escucha, celebrando nuestros valores profundos, generando visiones de futuro constructivas y haciendo que la participación ciudadana sea más “correcta” para “reparar los fundamentos de la amistad cívica y dar forma a la ética de la cultura política”, tal y como lo resumió el filósofo John Rawls.

Autor: Stephen Boucher, Autor del Pequeño manual de creatividad política – Cómo liberar la audacia colectiva y profesor en Sciences Po Paris 

Andréa Rodríguez Pérez, experta en comunicación

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